
A mí me pasa algo muy particular con las películas, o con cualquier cosa que realmente me afecte: No lloro.
No es por miedo al agua porque me tardo mucho al ducharme, sino porque... bueno, a ustedes qué les importa.
'Synecdoche, New York' fue lo que me partió el corazón hoy, y eso que me desperté y estaba bastante compuesto. No sé si fue la fotografía, Phillip Seymour-Hoffman haciendo el papel de descorazonado (no maldito, sino por desesperado y melancólico), o mis expectativas tan mediocres de la película, sobresaturadas las últimas por todo el amor que está en estos rollos de película. Juntos o separados, no importa, aquí lo que vale es que se me apagó la luz por dentro.
La cosa empieza así: Te encuentras al típico tipo pasado de peso, medio rubio, como casi todos en el Norte, barba de flojera y exceso de sueño, casado con una artista insatisfecha pero que poco a poco ganará fama, y con una hija fantástica. Resulta que se mete un golpe en la cabeza porque le vuela un grifo al lavamanos nadie sabe cómo, y uno le atribuye la perdida permanente al hombre a ese evento; afortunadamente, las cosas no son tan sencillas. Ella se va, él se queda, y no se da cuenta de que ella se fue sino unos... siete años después, cuando por casualidades de la vida abre una portada y ve el grado de fama que ahora tiene su mujer en Berlín.
Luego de una pelea torrentosa por querer ver a su hija, quien había sido tatuada cual lienzo floral por una amiga de la mamá, se devuelve a Nueva York y no olvida sino que reemplaza todo esto con otra figura, y otra con quien se reproduce. Hazel fue el primer reemplazo, y su "little person" (entenderán la referencia con el video que postearé arribita de este post), una pelirroja preciosa que no le quita los ojos de encima hasta que él llora en una situación muy inoportuna... Ojo, no les contaré toda la película, hasta aquí llegó la cosa, pero me estaban picando los dedos y tenía que poner una partecita, al menos.
Este z/saperoco concluye, como casi todo en la vida, con una canción preciosa y una pareja que poco a poco se vuelve gris en un sofá, todo esto en el medio de un almacén, de la nada, de lo que quieras que sea. El piano te recuerda que no estás viviendo en esos apartamentos, y volteas para ver nuevamente tu casa desorganizada, la cocina con el eterno vaso por fregar, el clima que, te guste o no, vas a tener que enfrentar cuando salgas en la tarde. Despertar y abrir los ojos a algo fuera de la película también sirve como patada en los dientes, si realmente te afecta; quieres una Hazel, eres una Adele, te preocupa ser un Caden, ¿qué dirían los vecinos si construyeras otra ciudad dentro del sótano de tu casa? Jodido piano, me arruinaste el humor.
De manera sincera, la película también se despide de ti, y te ves obligado a meterte a la ducha o conseguir la maldita canción del final. Yo hice lo segundo.
Gracias, Phillip Seymour-Hoffman, por recordarme lo grande que puede ser una sola personita desde un ángulo particular. Gracias por siempre encontrar la manera de hacer ese puchero que me destruye, y por meterte en personajes que, de una u otra manera, van a llegar a mí.
Clementine.
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