Hola, buenas tardes.
Perdonen la formalidad, pero las introducciones, como casi todo primer contacto social, me parecen absolutamente incómodas y contranatura, pero para algo estamos aquí. Sin más vueltas, el extracto de mi cerebro para el día:
Perdonen la formalidad, pero las introducciones, como casi todo primer contacto social, me parecen absolutamente incómodas y contranatura, pero para algo estamos aquí. Sin más vueltas, el extracto de mi cerebro para el día:
Sucede que las sondas electromagnéticas temen a las aguas del océano.
Y son entendibles sus razones. Por más alta que sea su frecuencia, éste las amortigua, las desvanece, las aniquila, como hace con los rayos de luz y con los náufragos irrecuperables. Ni siquiera el láser, tan pertinaz, puede traspasar la barrera de reflexiones, refracciones y absorciones de los fondos marinos, en donde anidan, tenaces y desvelados, los concertistas de las profundidades y las sombras eternas. Sólo por canales hasta ahora secretos pueden viajar las ondas acústicas llevando y trayendo los llamados de las centollas, el traqueteo de los crustáceos como si fueran ametralladoras disparadas al mismo tiempo en un cuarto de vidrio, los tambores de los peces errabundos, los silbidos de las grandes ballenas y la lengua dulce y entrañable de los delfines.
Eso pasa con mi amor por ti, hasta ahora secreto, porque teme la incertidumbre de tus aguas.
Y son entendibles sus razones. Por más alta que sea su frecuencia, éste las amortigua, las desvanece, las aniquila, como hace con los rayos de luz y con los náufragos irrecuperables. Ni siquiera el láser, tan pertinaz, puede traspasar la barrera de reflexiones, refracciones y absorciones de los fondos marinos, en donde anidan, tenaces y desvelados, los concertistas de las profundidades y las sombras eternas. Sólo por canales hasta ahora secretos pueden viajar las ondas acústicas llevando y trayendo los llamados de las centollas, el traqueteo de los crustáceos como si fueran ametralladoras disparadas al mismo tiempo en un cuarto de vidrio, los tambores de los peces errabundos, los silbidos de las grandes ballenas y la lengua dulce y entrañable de los delfines.
Eso pasa con mi amor por ti, hasta ahora secreto, porque teme la incertidumbre de tus aguas.
Este pedazo, siempre contradictorio, es el poema 'En el reino de los espejos curvos' de Gustavo Pereira, otro venezolano que se quedó enamorado y adolescente para toda la vida. Cuando leí el título por primera vez, pensé en una cintura amplia de mujer, como ésas de antaño que no dejaban de comerse el chocolate de la torta; una de ellas segurito le enseñó a Gustavo cómo sentirse desnudo, y él se enseñó a sí mismo a quedarse así siempre, con o sin interiores. Ahora, que lo releo, pienso en Su cintura, porque yo también soy una venezolana que se quedó adolescente, y comparto la casualidad amorosa con este hombre.
Yo, sin embargo, no sé cómo quitarme la ropa, ni siquiera de manera literal, y lo lamento mucho si se me ven las piernas cuando escribo estas cosas.
Yo, sin embargo, no sé cómo quitarme la ropa, ni siquiera de manera literal, y lo lamento mucho si se me ven las piernas cuando escribo estas cosas.
Sybila Vane.
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